martes, 24 de septiembre de 2019

Cuarenta años.




Con frecuencia pienso en el suicidio. Nada más lejos que hacer una apología de ello, se trata de algo más, quizá.

Tengo cuarenta años, ignoro lo que le sucede a las personas a esta edad, hace unos 20 años probé a contarle lo que pasaba por mi mente a una psicóloga, que lo único que hacía era observarme y asentir. Me resultaba tan infructuosa la reunión con ella que terminé por desistir y cogerle aversión a los de su profesión. Y no he hablado con más nadie.

Tengo cuarenta años y un título de docente, una profesión en la que no encuentro comodidad, cada vez que entro a un aula debo vestir una camisa blanca de siquiátrico, y después de mi última experiencia, no me han quedado más ganas de prestarme a la farsa. Ese año traté de ser lo más auténtico que pude, señalé al sistema, vomité mi aversión al poder de los políticos y de los jefes que no lo merecen, y la jefa me pasó factura.

Tengo cuarenta años y no tengo un empleo tradicional, de esos en los que le regalo el tiempo de vida a unos sujetos que sacan el 1000% de provecho y me pagan unas cuantas monedas por eso. Tampoco lo quiero, pero debo intentarlo. Mi mujer está desesperada porque me prostituya cuanto antes, a veces nos ahogamos con las cuentas y las deudas. Hace meses se vencieron las cuotas de mi móvil, ahora debo más de lo que pedí.

Tengo cuarenta años y ya no me drogo, he sido más amigo de las cervezas que de otros licores, hace un año volví a fumar marihuana al menos durante unos seis meses hasta que se acabó y decidí no comprar más, por su efecto me vuelvo más etéreo de lo que ya soy, me ayuda con el estrés, pero me vuelve inactivo. 

Tengo cuarenta años y estoy en el mismo punto de partida de hace veinte, con algunas condiciones un tanto diferentes, un hijo hermoso, una esposa que no me entiende (y no la culpo, no hablo nunca de mí con ella), vivo en el extranjero, y estoy solo. No vine aquí a dar lástima ni buscar compasión, pero qué grato resulta tomarse un café con alguien y hablar de cualquier buen tema. Qué maravilloso es besar a una chica en la boca, acariciar su rostro, verla sonreír.

Tengo cuarenta años y no he tenido sexo con nadie además de mi esposa desde hace unos diez años. Y a ella le hago el amor una vez al mes, solo cuando tiene ganas. Miro absolutamente a todas las mujeres en la calle, primero su rostro y cuando vale la pena, el resto. Siempre me imagino eyaculándoles en la boca, o en posiciones sexuales hasta que las pierdo de vista. Sin embargo, jamás he podido decirle un solo piropo a ninguna.

Tengo cuarenta años y los viernes por la noche asisto a un club de lectura como si se tratara de una versión de AA, ha resultado un escape temporal de mucha valía, sobre todo por la posibilidad de darle una gran cogida a una de las asistentes, ella ha sido un poco amable al dejarme leer de su ejemplar y nada más. Desde hace mucho tiempo abandoné las ilusiones de llevar a alguien a la cama, las cambié por las fantasías de hacerlo, al menos allí todo es posible.

Tengo cuarenta años y no tengo un norte, no planifico, no pareciera importarme nada, no sé a dónde quiero ir, estoy lleno de terror. Cuando me lo pienso bien, no sé a qué le temo, pero temo, me paralizo, me saboteo, me anulo. Qué opera detrás de ello, no lo sé, quisiera descubrirlo. Hablé con una de las poquísimas personas en las que confío, un profesor universitario casi de mi edad, astrólogo, amigo, y me ha mostrado las tendencias de mi camino. Lo que aún no puedo ver para superar es la enorme pared imaginaria delante de mí.

Tengo cuarenta años, y aunque estoy consciente de que no tengo el valor para hacerlo, pienso en el suicidio, hay demasiada gente en este mundo, no sé cómo hacer la diferencia. Día a día me aleja de esa idea el tener que resolver pequeñas cosas diarias, preparar la comida del niño, buscarlo en la escuela, no defraudar a mi madre, esposa e hijo, salir a hacer fotografías, seguir buscando algo. Me pregunto ¿cuánto durará?


Tengo cuarenta años, la culpa y la tristeza soy yo. Mi suerte es aparente. Sería bueno que todo cambie o que acabe de una vez.