domingo, 23 de febrero de 2014

Soy






El camino siempre ha estado ahí
Sólo padecí un poco de ceguera.

I
En la hora del ánima
todas mis dudas mi ansia
mi angustia mi furia
mis lágrimas mis devaneos y mis delirios
se proyectan con el fuego de las sombras.
El esfuerzo que empleo en gozar
cuanto me brinda el extraño devenir
las canas de un reloj que me sobrevive
un ruido en la sombra de la noche sin manos
la lluvia que enferma para liberar
el asombro de verla con ojos nuevos
la certeza de no encontrarle cuando lo desee
la esperanza de que despierte y deletree mi nombre
el espacio que media entre mis voluntades y su silencio
el susto comprimido de la piedra aventada
la palabra de cuantos me anteceden
sus tropiezos sus ascensiones lo abyecto
los sitios en los que grabé con lápiz del viento
mi errancia y los pasos que recuerda el olvido
la oscuridad que acaricia mis hombros
diciéndome -no temas estás hecho de mí-
lo que no puedo recordar y lo que irremediablemente
ya no caducará
en eso creí convertirme al saberme sólido.

II
Sombra que se esconde en las arrugas del rostro
uniforma desaparece confunde
ablanda pierde degrada
un Ávila que muta su color
retrocede hacia lo oscuro y nos arrastra
algunos extraviados pasando cansados de reír
o pelear pero nunca de temer
unos loros avisando
el reino de lo preciso      lo que no cambia
lo que sólo puede ser si se mueve
en la plaza de los museos
me construyo me derruyo
me expando hasta alcanzar
ese movimiento que me consume en el día
reconozco el aire que me comprime
nunca antes respirado
aún ciego
recuerdo el camino a casa pero
no lo sigo         fue el trato al partir
hay que esperar los grillos concertados.

III
Y tú, palabra de fuego
sin existencia humana ya
lo que se va contigo
no se pierde
aquel fruto caído
la brisa sin asombro en la curva del camino
el moho aventado en la piedra
las paredes crepitando sin la ropa de la luz
ahora brillan agotadas en tu fuerza.

Grano a grano
el reloj de arena
se vuelve más pesado y
al mismo tiempo más cauto
                                               reloj a reloj
                                                    la arena
                                  sabe  qué le espera
                                         y no aprovecha
                                           el corto tiempo
                                    antes de escaparse
                                                  al otro lado.

Esto –pensé- debe ser mientras dure la conversión
el trayecto en el que un día se compone de 30 años.

[También el posponedor
el diferidor de mis espacios de mis actos
vela.

Adelanté lo que quiero de mañana
alejé lo necesario lo urgente
apartado quedé]

IV
Me contento con poco.
Por ejemplo con hallar 
en cada aurora retazos perdidos entre
el parpadear de ayer y el de hoy
entre el de anteayer y el de mañana
esas pequeñas cosas que
no se cuidan del ojo humano
y simplemente son
esas de las que se cuida el ojo
para dejar de ver.

Los espejismos de mi ciudad
me distraen peligrosamente
cuando corro me deslizo o gravito de
un lugar a otro.
Tarareo cualquier tonada para
ejercitar mi pensamiento
lapido a mis enemigos
en el encierro de la desmemoria
que los etiqueta con benévola indiferencia.
Calco con el ojo cada recodo nuevo
del camino terrenal mil veces y una más recorrido
con disfraz de Hombre.
Me aventuro en nuevas sendas
                 
                     las ensayo              
retrocedo        
                             me muevo      
                                                 y a la bocanada siguiente
se ha borrado todo




aprendo mi nombre porque
por accidente lo escribí en el puño
de mi mano
justo antes de inscribirme
en la realidad de este sueño que soy.
Cuando fui árbol
aprendí lo que significa correr
hasta la tala.

V
Más tarde el olor de la guayaba me transporta
a tu recuerdo, que afino de a poco conforme pasa el día,
aliciente de los cielos tan azules
de las bocinas criminales
del veneno esparcido para perfumar la morbidez del recorrido caraqueño.
Un ave se lleva mi vista y la posa en una nube
así te veo mejor sin que lo sospeches
natural y ebria de humanidad mi niña.
Sin acordarte de mí es como te quiero
para que duela menos tu extravío
para resumir tu tránsito hasta mí.
Me entreno en romper promesas
que sólo formulo para romper
porque son las palabras las que secundan mis actos
vivo porque descubrí que es la mejor forma de morir sin morir.
Me conozco, te busco aún contra mi razón.
Cultivo hectáreas antes destinadas al vacío consumista para el que nos programan.       Las guardo para ti          para no aburrirme
para aquietar mi conciencia                           para cuando tropieces con mi espera.
Tallo mi nombre en un puñado de mentes que esculpen su nombre en la mía y en la de otros hasta dejarnos de llamar        de buscar
acaricio entonces la sensación
de lo que fuimos        no ya la persona      a un mensaje de distancia.

VI
Todo esto he aprendido en menos de un día, el día de treinta años.
Muevo un dedo y transformo mi alrededor       se despierta el polvo alborotado  
del que estoy hecho con acordes        con lunas
con sangre que recorre los ductos perfectos
antes de mover un pie para el próximo paso
antes de provocar el nuevo
o repetido pensamiento de este subterráneo día
sueño mío al dormir al otro lado de la cama (metalico).
No podría levantar una piedra y permanecer ajeno a su expectativa.
No podría sumergirme en el río y permanecer indiferente a lo que de mí arranca. Como los ángeles, no podría contener la tristeza a que somete un día soleado. No podría dar respuesta clara a las interrogantes planteadas por las nubes con los signos más comunes empleados justo cuando el sol viene a zaherir y a evidenciar lo que en nosotros se transparenta y no llega a ser palpable.
No podría otorgar mejor ritmo al roce de patas de los nocturnos ya reunidos para recibirme con sus notas improvisadas.
Termina el día de treinta años. Y apenas unos cuantos nombres repetidos en simultaneidad de millones de seres puedo reconocer sin entenderlos. Emprendo la vuelta al nido y encuentro a un humano -ser del que ignoro todo-, llorando sentado en una plaza -sin recordar bien qué es una plaza- en la hora del llamado.

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