En la adolescencia todo es distinto. Las cosas pequeñas
cuestan mucho más que las empresas engorrosas. Así éramos, una muchacha, un
muchacho, casi mudos para poder decirse que esta vida es más corta de lo que
creen, que los adultos no tienen razón alguna y que pronto, se repetirá la
historia a menos que resolvamos a
tiempo. Él se conformaba con satisfacer su apetito hedonista cubriéndose de
todo lo que el cuerpo de ella pudiera ofrecerle, incluyendo el dolor. A pesar
de que para él no representaba ella un objeto sexual como solía pensarse, fue
el acuerdo establecido tácito, “me poseerás hasta el límite de mi cuerpo”. Ella
interesada siempre en las estrellas, caminaba a la casa de él mirando al cielo,
cada paso dado estaba calculado por su mente que no necesitaba saber la
distancia del suelo. Más de una vez su planta se amortiguó suavemente sobre la
gracia de algún perro callejero, pero no importaba porque interpretar el
lenguaje nocturno entre una constelación y otra, el vuelo del murciélago hambriento,
la sombra del negro árbol sin ningún tipo de preparación “profesional”, ya era
bastante tarea. El recorrido del que disponía para tales trabajos era apenas de
unos veinte metros en los que las luces de la calle le dejaban espacio con
suficiente oscuridad para poder mirar a lo alto, también debía estar ausente la
luna, aprovechar su muerte de días para hurgar en la intimidad Divina. Ella
sabía cosas que no aparecen en los libros, ella era la nieta que supo de la
constante comunicación entre su abuela y las ánimas. Ella cambiaba el agua en
los tazones del piso, secretamente, después de beberla. Antes de entrar a la
casa de él se descalzaba, y murmuraba el sortilegio respectivo al que él nunca
le prestaba atención con su razón, apenas si sus sentidos se turbaban. Sola
aprendió a leer la correspondencia entre las cartas y la vida ajena y a
pronosticar hechos que los astros certificarían. Las regresiones se volvieron
pan comido, hasta que un día decidieron jugar a una de sus pruebas para saber
quién había sido él en sus vidas pasadas. Él, que sin mucho trabajo podía
suspender su consciente, abstraerse en horas de concentración que perseguían el
silencio más absoluto, accedió y se recostó. La posición fetal nos traslada con
y sin razón al principio, antes de todos los tiempos y pesares. Ella olía a
mierda de perro callejero, quizá, por olvido, no se había quitado los zapatos
en la puerta al entrar ni repetido las antiquísimas palabras que le enseñara su
abuela, por mero olvido a drede. Él cerró los ojos y su mente se despertó, el
ruido que llegaba desde adentro no permitiría que se concentrara como solía
hacerlo. Ella bajó un poco las luces y pensó en regular su respiración, el
ruido que habría en él le asaltaría invadiéndola. Él acaso pudo callarse en su
interior, ella iría pidiéndole cosas, paso a paso para que se relajara. En
minutos él ya estaba cubierto de niebla, mirando un cuerpo que sentía suyo pero
que no reconocía completamente, no lo sentía. Pensaría que estaba dormido, que
habitaba un sueño y que sería bueno despertar, porque si él estaba afuera,
entonces su cuerpo estaría vacío y eso no era bueno, podría haber otros queriendo
un cuerpo como el suyo, o cualquier cuerpo. Pero ella que no había repetido el
sortilegio de contención que acostumbraba, que llevaba los zapatos puestos con
mierda de perro adherida, que no se había bañado ese día y que ya el humo de la
casa comenzaba a ahogarla, gritaría SCIRE POTERE AUDERE TACERE SCIRE POTERE
AUDERE TACERE SCIRE POTERE AUDERE TACERE y se metería en el cuerpo de él justo
segundos antes de que él pudiera poseerse. Ella se levantaría y correría fuera
del alcance de las llamas dejando su cuerpo abandonado, hermosamente consumido
y siendo deformado como siempre lo quiso ver entre las inmortales llamas,
tratando de incinerar la sempiterna maldición que llevan todas por no haberse
encargado de escribir la historia. Llegaba el turno de su venganza. Quedé
atrapado en la niebla, buscando el cuerpo hasta convencerme de que lo había
perdido en un parpadeo, y que en cualquier momento me tropezaría con él, u otro
que arrebatar. Era ahora entonces cuando podía recordarla plenamente, siempre
siguiéndonos de siglo en siglo, y su obsesión por el fuego. Nunca creyó el
doctor la historia de Ivanna, que aparentaba tener unos sesenta años de edad, ésta ya había perdido la cuenta de cuerpos ocupados, de espíritus
desplazados, de doctores que divinamente la medicaban, hasta que volviera a
inventar su historia médica, su historia de vida, la nueva invasión. La
historia de todos. La huída y el encuentro.
©luismarte2009
fotografíatomadadelaweb: Nina Hagen. Cantante.

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