martes, 3 de diciembre de 2013

ánima



En la adolescencia todo es distinto. Las cosas pequeñas cuestan mucho más que las empresas engorrosas. Así éramos, una muchacha, un muchacho, casi mudos para poder decirse que esta vida es más corta de lo que creen, que los adultos no tienen razón alguna y que pronto, se repetirá la historia a menos que resolvamos  a tiempo. Él se conformaba con satisfacer su apetito hedonista cubriéndose de todo lo que el cuerpo de ella pudiera ofrecerle, incluyendo el dolor. A pesar de que para él no representaba ella un objeto sexual como solía pensarse, fue el acuerdo establecido tácito, “me poseerás hasta el límite de mi cuerpo”. Ella interesada siempre en las estrellas, caminaba a la casa de él mirando al cielo, cada paso dado estaba calculado por su mente que no necesitaba saber la distancia del suelo. Más de una vez su planta se amortiguó suavemente sobre la gracia de algún perro callejero, pero no importaba porque interpretar el lenguaje nocturno entre una constelación y otra, el vuelo del murciélago hambriento, la sombra del negro árbol sin ningún tipo de preparación “profesional”, ya era bastante tarea. El recorrido del que disponía para tales trabajos era apenas de unos veinte metros en los que las luces de la calle le dejaban espacio con suficiente oscuridad para poder mirar a lo alto, también debía estar ausente la luna, aprovechar su muerte de días para hurgar en la intimidad Divina. Ella sabía cosas que no aparecen en los libros, ella era la nieta que supo de la constante comunicación entre su abuela y las ánimas. Ella cambiaba el agua en los tazones del piso, secretamente, después de beberla. Antes de entrar a la casa de él se descalzaba, y murmuraba el sortilegio respectivo al que él nunca le prestaba atención con su razón, apenas si sus sentidos se turbaban. Sola aprendió a leer la correspondencia entre las cartas y la vida ajena y a pronosticar hechos que los astros certificarían. Las regresiones se volvieron pan comido, hasta que un día decidieron jugar a una de sus pruebas para saber quién había sido él en sus vidas pasadas. Él, que sin mucho trabajo podía suspender su consciente, abstraerse en horas de concentración que perseguían el silencio más absoluto, accedió y se recostó. La posición fetal nos traslada con y sin razón al principio, antes de todos los tiempos y pesares. Ella olía a mierda de perro callejero, quizá, por olvido, no se había quitado los zapatos en la puerta al entrar ni repetido las antiquísimas palabras que le enseñara su abuela, por mero olvido a drede. Él cerró los ojos y su mente se despertó, el ruido que llegaba desde adentro no permitiría que se concentrara como solía hacerlo. Ella bajó un poco las luces y pensó en regular su respiración, el ruido que habría en él le asaltaría invadiéndola. Él acaso pudo callarse en su interior, ella iría pidiéndole cosas, paso a paso para que se relajara. En minutos él ya estaba cubierto de niebla, mirando un cuerpo que sentía suyo pero que no reconocía completamente, no lo sentía. Pensaría que estaba dormido, que habitaba un sueño y que sería bueno despertar, porque si él estaba afuera, entonces su cuerpo estaría vacío y eso no era bueno, podría haber otros queriendo un cuerpo como el suyo, o cualquier cuerpo. Pero ella que no había repetido el sortilegio de contención que acostumbraba, que llevaba los zapatos puestos con mierda de perro adherida, que no se había bañado ese día y que ya el humo de la casa comenzaba a ahogarla, gritaría SCIRE POTERE AUDERE TACERE SCIRE POTERE AUDERE TACERE SCIRE POTERE AUDERE TACERE y se metería en el cuerpo de él justo segundos antes de que él pudiera poseerse. Ella se levantaría y correría fuera del alcance de las llamas dejando su cuerpo abandonado, hermosamente consumido y siendo deformado como siempre lo quiso ver entre las inmortales llamas, tratando de incinerar la sempiterna maldición que llevan todas por no haberse encargado de escribir la historia. Llegaba el turno de su venganza. Quedé atrapado en la niebla, buscando el cuerpo hasta convencerme de que lo había perdido en un parpadeo, y que en cualquier momento me tropezaría con él, u otro que arrebatar. Era ahora entonces cuando podía recordarla plenamente, siempre siguiéndonos de siglo en siglo, y su obsesión por el fuego. Nunca creyó el doctor la historia de Ivanna, que aparentaba tener unos sesenta años de edad, ésta ya había perdido la cuenta de cuerpos ocupados, de espíritus desplazados, de doctores que divinamente la medicaban, hasta que volviera a inventar su historia médica, su historia de vida, la nueva invasión. La historia de todos. La huída y el encuentro.


©luismarte2009

fotografíatomadadelaweb: Nina Hagen. Cantante.

No hay comentarios: